miércoles, 5 de junio de 2013

Yo no fui, fue Teté


De tín Marín de- dó pin-güe 
Cúcara mácara títere fue 
Yo no fui, fue Teté 
Pégale, pégale que ella fue

Rimas y canciones infantiles
         

Las recientes destituciones y suspensiones de funcionarios públicos, así como las diversas acusaciones en contra de ex funcionarios, tanto a nivel federal como local, nos invitan a reflexionar sobre el ejercicio de la función pública en México y los principios éticos y de conducta que lo rigen. Por mandato constitucional, todo aquel que desempeñe un empleo, cargo o comisión -de cualquier naturaleza- en la administración pública habrá de ser responsable por los actos u omisiones en que incurra en el desempeño de sus respectivas actividades. Desde el personal operativo, hasta el Presidente de la República, habrán de ejercer su encargo en apego a lo que la normativa les confiere con rectitud de ánimo e integridad en su obrar; lealtad hacia el Estado; basándose en criterios objetivos, sin influencias de sesgos, perjuicios o tratos diferenciados por razones inapropiadas; y con alto grado de eficiencia con objeto de utilizar el mínimo de los recursos posibles disponibles. Sólo apegando el actuar a estas normas podrá fomentar la credibilidad de la sociedad en las instituciones públicas y generar una cultura de confianza y búsqueda del mayor de los bienes: el bien común.

El servicio público es un patrimonio que pertenece a todos los mexicanos y debe estar encaminado a satisfacer sus demandas, en lugar de los beneficios personales de quienes ostentan los cargos. Servir al Estado es un privilegio y una gran responsabilidad. Corresponde a los funcionarios públicos de todas las ramas y de todos los niveles rendir cuentas, tomar acciones responsables para resarcir los daños ocasionados por su actuar y, si es el caso, aceptar la sanción correspondiente. Esto último, en mi opinión, sucede en pocas ocasiones.

Es común que los servidores públicos “bailen al son” de los dimes y diretes, haciendo uso indebido de la frase explicativa “es que” para justificarse y no responder francamente el por qué real de su actuar. La culpa la tiene “el jefe” o “el subalterno”, según sea el caso y no son capaces de asumir las responsabilidades que se les delegan –el cachito que les toca-, ya que no quieren correr con riesgos.  

En los últimos sexenios se han invertido grandes sumas de dinero para la creación de órganos de control y fiscalización a todo lo largo de la República, así como en la implementación de líneas de acción, tanto para la dignificación de la imagen de los servidores públicos, como para su  profesionalización. Resulta alentador que el gobierno federal se diera a la tarea en 2002 de generar un Código de Ética que guie la actuación de los servidores públicos y que sirva de base para generar al interior de cada institución, de manera obligatoria, un Código de Conducta. Lo que es inadmisible, es que al mes de marzo de este año, la Secretaría de la Función Pública, a través de su Unidad de Políticas de Transparencia y Cooperación Internacional, reporte que sólo 217 de las 256 dependencias de la Administración Pública Federal (85%) cuentan con un Comité de Ética y han elaborado o actualizado su Código de Conducta; 216 instituciones cuentan con un Programa Anual de Trabajo 2012 para promover el cumplimiento de sus Códigos, 197 instituciones establecieron indicadores de evaluación de cumplimiento de los mismos, 84 han realizado una evaluación anual de cumplimiento, dando a conocer los resultados obtenidos; y, a casi la mitad del año, sólo 17 instituciones cuentan con un Programa Anual de Trabajo 2013.

La falta de cumplimiento a esta obligación y la falta de sanción por su incumplimiento mandan una preocupante señal a la ciudadanía. Por una parte, un gran número de personas que asumen cargos públicos no tienen conocimiento de que deben ajustar su actuar a los valores del bien común, honestidad, honradez; imparcialidad, justicia, transparencia, rendición de cuentas, entorno cultural y ecológico, generosidad, igualdad, respeto y liderazgo; y por otra, frente al incumplimiento, muchos no serán llamados a rendir cuentas sobre su mal actuar a falta de claridad en los procesos.

Se trata de un problema añejo, hoy exhibido principalmente por los medios de comunicación y las redes sociales, que exige una atención inmediata por parte de los tres Poderes de la Unión. Se requiere impulsar una gestión pública de calidad en donde los servidores públicos manifiesten su compromiso y vocación para atender los asuntos que interesan y afectan a la sociedad, responsabilizándose de los actos que deriven de las funciones inherentes al cargo que desempeñan. Como lo señala el propio Código de Ética federal “… la ética del servidor público se convierte en un elemento indispensable para atender de mejor manera las demandas sociales en un régimen democrático”.




Fue publicado el 2 de junio de 2013 en http://www.adnpolitico.com/opinion/2013/06/01/opinion-el-yo-no-fui-fue-tete-de-los-funcionarios con el título: El 'Yo no fui, fue Teté' de los funcionarios.




lunes, 27 de mayo de 2013

Al que no habla, Dios (y el gobierno) no lo oye



Es un error pensar que nuestra participación democrática se agota con el sufragio material para elegir a nuestros gobernantes cada tres o seis años. La ciudadanía tiene que asumir la responsabilidad y el derecho que tiene de involucrarse en las tareas, ya sea de carácter político, jurídico, social y/o económico, que le benefician o que le perjudican.  El pueblo debe interiorizar la idea de que el gobierno existe por y para él, y no a la inversa.  
La elección informada de gobernantes es sólo el comienzo del ejercicio pleno de nuestros derechos civiles y políticos;  los mexicanos debemos participar activamente en la conformación de sus planes de trabajo, así como en el seguimiento y evaluación de los mismos.  Por lo anterior, es de suma importancia que los gobiernos, tanto a nivel federal como estatal, asuman con responsabilidad su deber constitucional de recoger las aspiraciones y demandas de los diversos sectores de la sociedad para incorporarlos a su planeación, pero más importante, en mi opinión, es que los ciudadanos lo exijan y participen activamente en esos espacios de diálogo e interlocución.  
En los últimos meses el gobierno federal , como lo dicta la Constitución federal, ha instrumentado diversos mecanismos de participación ciudadana con miras a perfeccionar su plan de acción para el periodo 2013-2018, que considera 5 ejes fundamentales: 1. Un “México en paz” que garantice el avance de la democracia, la gobernabilidad y la seguridad de su población; 2. Un “México incluyente” que garantice el ejercicio de los derechos humanos de la población; 3. Un “México con educación de calidad para todos” para contar con un capital humano de calidad y propiciando la innovación industrial; 4. Un “México próspero”  que permita generar certidumbre económica y detone el crecimiento en la productividad; y 5. Un “México con responsabilidad global” que busque abrir oportunidades comerciales para México en el exterior.  
Para ello, se  han coordinado desde finales de febrero del presente año foros intersecretariales, especiales,  estatales; y, haciendo uso de los avances tecnológicos, por primera vez se ha puesto a disposición de la ciudadanía un portal de internet en donde se puede contestar una encuesta virtual y presentar propuestas particulares (http://pnd.gob.mx/).  
Si bien el gobierno federal aún no da a conocer el número de participantes en dichas consultas, partiendo de mi propia experiencia – habiendo asistido ya a foros de esta naturaleza- , y de la información parcial disponible,  me animaré a estimar que varios miles de ciudadanos mexicanos han encontrado en estos foros un espacio plural y libre para externar sus inquietudes y propuestas.
Dar puntual seguimiento y evaluar el desempeño de dichos gobernantes una vez establecido el plan de trabajo es una tarea compleja. Usualmente lo realizan académicos; investigadores, como los que convoca el propio Centro de Estudios Espinosa Yglesias, A.C. ; o periodistas, que dedican gran parte de su actividad profesional a inquirir la información que posteriormente analizan. Pero  participar en la planeación es una tarea al alcance de gran parte de nosotros. Somos  los empresarios, los integrantes de la sociedad civil, los académicos y los ciudadanos en general quienes podemos expresar francamente y sin tapujos las realidades que vivimos y sugerir las acciones que se deben llevar a cabo para atenderlas.
Habiendose expresado la voluntad ciudadana, queda en manos de los gobernantes orientar y normar su actuación en torno a ella, pues su única función es servir al Pueblo; la agenda de éste es su propia agenda.
Bien dice el refrán “Al que no habla, Dios no lo oye”, asi que participemos para forjar un plan de nación que refleje nuestra diversidad y nos permita ejercer con libertad y en igualdad de oportunidades nuestros derechos. 




Artículo publicado en: http://www.adnpolitico.com/opinion/2013/05/01/opinion-y-tu-ya-participaste-con-el-gobierno el 4 de mayo de 2013


Verdaderos estrategas



Lo que necesitamos los mexicanos son verdaderos estrategas.  El filósofo chino, Sun Tzu, señaló en su obra maestra  “El arte de la guerra”, que el arte de la estrategia es de importancia vital para el país. Es el terreno de la vida y de la muerte, el camino a la seguridad o a la ruina.  Él estaba convencido de que si se cumplen las instrucciones y las personas son sinceramente leales y comprometidas, los planes y preparativos se implementan con firmeza.  Frente a la adversidad México necesita servidores públicos expertos en proyectar y dirigir operaciones, no magos de la improvisación.

Es cierto que no estamos en guerra, pero sí ante un estado fallido que navega sin rumbo claro. Quienes nos gobiernan, nos juzgan y/o nos organizan a través de las normas que expiden deben ser capaces de dirigir su actuar a partir de un diagnóstico certero que les permita establecer objetivos claros, factibles, únicos y sostenibles en el tiempo.

Esta planeación la realizan cotidianamente las grandes corporaciones, empresas y/o organizaciones y no veo por qué el Estado Mexicano no deba sentirse obligado a realizar la misma acción, especialmente porque utiliza recursos públicos. Es común además que la poca planeación que se realiza fracase por ser inapropiada: se elaboran malos diagnósticos, se desconoce la verdadera naturaleza del problema, se establecen objetivos erróneos, no se empatan los presupuestos a las acciones, rara vez se realizan ejercicios de seguimiento que permitan detectar focos rojos para redirigir acciones y mucho menos se establecen indicadores claros que permitan una evaluación a futuro.  La implementación de la poca planeación disponible es pobre por que cotidianamente se sobreestiman los recursos (de tiempo, personal y financieros) y las habilidades, y no se coordinan los diferentes actores, ya sea por desconocimiento, por falta de voluntad y, por qué no decirlo, por contravenir sus propios intereses.

El Poder Ejecutivo Federal, en mi opinión, ha avanzado mucho en este tema, no así  los gobiernos estatales y municipales o los otros dos Poderes.  El Centro de Estudios Espinosa Yglesias, A.C. evaluó en 2011 el Plan Estatal de Desarrollo del Estado de Puebla, dándole una calificación de 4.33/10. Los especialistas que realizaron dicha evaluación coincidieron en que dicho plan carecía de un diagnóstico bien elaborado, definición de prioridades, plazos de cumplimiento y responsables.  Si el ejercicio se hiciera en otros estados, existen altas probabilidades de que los resultados fueran parecidos. En fechas recientes se hizo público que, aproximadamente, cuatro de diez municipios en México reportan altos índices de endeudamiento y carecen de fondos suficientes para enfrentarlos. Frente a este paupérrimo escenario, estoy certera que gran parte de las acciones que se comprometieron los presidentes municipales a encabezar, no se verán materializadas.

El Poder Legislativo, por su parte, tanto a nivel federal como estatal, define su actuar a partir de los intereses partidistas, los cuales no siempre coinciden con los ciudadanos.  Con raras excepciones, como es el caso del Congreso de Puebla, que recién modificó su Ley Orgánica para obligar a los diputados a presentar un plan de trabajo al tomar protesta, difícilmente los diputados traducen sus propuestas de campañas en acciones específicas, planeadas, medibles y evaluables al término de su legislatura.

No sé si se trate de una deformación profesional, pero estoy convencida de que a los abogados, que debieran ser estrategas por naturaleza, se les dificulta planear, especialmente porque no sienten la necesidad de rendir cuentas, ni ser sujetos de evaluación. En mi opinión, algo parecido le sucede al Poder Judicial, tanto a nivel federal como estatal, dirigido por abogados. Si bien es cierto que el Ministro Presidente de la Suprema Corte de Justicia y por ende Consejero Presidente del Consejo de la Judicatura Federal presenta unas líneas generales conforme a las cuales desarrollará su función, este documento es muy lejano a lo que formalmente se denominaría una planeación estratégica.  

Sin planeación no hay certeza, sólo tropiezos y en muy pocos casos, chiripas. Los mexicanos no nos podemos dar el lujo de seguir manteniendo a un Estado que no toma en serio su papel de dirigir al país hacia un mejor futuro.




Artículo publicado en: http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/blogs/ceey/15685-verdaderos-estrategas.html el 22 de mayo de 2013